
Carta desde Vancouver
Septiembre de 2025: el viaje que empezó como un curso de inglés
El 14 de septiembre de 2025 salí de Barranquilla con dos maletas, una carpeta llena de documentos y una mezcla rara entre emoción y susto. Tenía 18 años y era la primera vez que iba a vivir solo tanto tiempo.
La idea inicial era simple: estudiar inglés en Canadá durante 9 meses y regresar a Colombia después. No estaba pensando todavía en quedarme ni en estudiar una carrera allá. Honestamente, veía el viaje más como una experiencia internacional antes de empezar la universidad.
Todo comenzó varios meses antes, cuando empecé a buscar opciones para estudiar idiomas en el exterior. Entre tantas agencias y páginas terminé encontrando Buscalingua, la plataforma de Teducamos y HEC.
Lo que más me gustó fue que nunca sentí que me estuvieran vendiendo humo. Desde el inicio me explicaron cómo funcionaba realmente estudiar en Canadá, qué significaba hacer un curso de más de seis meses y por qué necesitaba un Study Permit para estudiar en EC English Language Centres.
También me ayudaron con toda la parte técnica: la matrícula, el seguro médico, la acomodación, la aplicación migratoria, la biometría y la preparación de documentos financieros.
Y menos mal.
Porque uno a los 18 años cree que estas cosas son fáciles hasta que empieza a leer requisitos migratorios en páginas oficiales a las 11 de la noche.
Mi mamá estaba mucho más nerviosa que yo. Mi papá intentaba actuar tranquilo, aunque claramente también estaba preocupado. Yo pasaba de emocionarme viendo videos de Vancouver a pensar:
¿Y si no entiendo nada? ¿Y si me siento demasiado solo? ¿Y si no me adapto?
Cuando finalmente aprobaron mi Study Permit sentí alivio más que felicidad.
El viaje fue largo: Barranquilla → Bogotá → Vancouver.
Recuerdo perfectamente llegar al aeropuerto internacional de Vancouver. Afuera estaba lloviendo y hacía frío. No un frío extremo todavía, pero suficiente para que alguien de la costa colombiana sintiera que acababa de aterrizar en otro planeta.
En migración me hicieron preguntas normales sobre la escuela, el tiempo de estudio y dónde me iba a quedar. Gracias a toda la preparación previa llevaba absolutamente todo organizado en carpetas: carta de aceptación, seguro, dirección de acomodación, pruebas financieras y documentos de respaldo.
Cuando el oficial imprimió el permiso de estudio fue como:
Bueno… ahora sí esto es real.
Mi acomodación era en homestay, una casa de familia en Burnaby, a unos 35 minutos de la escuela en SkyTrain. Era una familia filipino-canadiense bastante tranquila. La señora trabajaba desde casa, el esposo casi siempre estaba fuera y tenían un hijo estudiando ingeniería.
Mi cuarto era sencillo: una cama, escritorio, clóset pequeño y una ventana desde donde se veían árboles enormes y lluvia casi todos los días.
Y sí, Vancouver realmente es una ciudad donde llueve muchísimo.
Los primeros días fueron raros. Muy raros.
Uno se imagina que estudiar afuera es emoción constante, pero la realidad es más silenciosa. Llegaba cansado, confundido y tratando de entender cómo funcionaba todo: el transporte, las propinas, los horarios, la comida, la cultura, el inglés rápido de la gente.
En Colombia yo sentía que tenía buen inglés. En Vancouver descubrí que el listening de los exámenes no tiene nada que ver con pedir un café cuando el barista habla rapidísimo.
Los primeros días en EC English Language Centres hablaba poco. Más por pena que por otra cosa. Pero después entendí que todos los estudiantes internacionales estaban igual.
Había personas de Japón, Brasil, Corea, Turquía, México, Francia y Arabia Saudita. Y algo empieza a pasar cuando todos están lejos de casa: las amistades se forman rápido.
Mi primer grupo de amigos fue bastante aleatorio. Felipe, un brasileño obsesionado con el gimnasio. Yuna, una coreana que siempre llegaba temprano a clase. Matteo, un italiano que hablaba incluso más duro que los colombianos. Y yo, intentando sobrevivir al clima y al inglés canadiense.
Después de clases muchas veces caminábamos por Downtown Vancouver sin ningún plan específico. Y honestamente creo que ahí fue donde la ciudad empezó a enamorarme.
Porque Vancouver no es una ciudad que impresione de golpe como Nueva York. Es diferente. Se mete poco a poco.
Hay algo muy extraño en salir de clase y ver montañas nevadas al fondo mientras caminas frente al mar. O estar tomando café mientras afuera está lloviendo y todo sigue funcionando tranquilo. O subirte al SkyTrain y escuchar cinco idiomas distintos en el mismo vagón.
La ciudad tiene una mezcla difícil de explicar: naturaleza, orden, multiculturalidad y tranquilidad.
Recuerdo mucho una tarde en English Bay, como en noviembre. Había terminado de llover y el cielo se abrió justo antes del atardecer. Estábamos sentados mirando el mar después de clases, hablando cualquier tontería, y en un momento pensé:
Entiendo perfectamente por qué tanta gente termina quedándose aquí.
Porque Vancouver da una sensación rara de estabilidad.
Claro, también es costosa. Bastante costosa. Ahí aprendí rápidamente el verdadero significado de cocinar en casa y revisar precios antes de comprar cualquier cosa.
También hubo momentos difíciles. Días donde extrañaba demasiado Barranquilla. La comida. El calor. Hablar español sin cansarme mentalmente. Los amigos de toda la vida.
El invierno también pega emocionalmente al inicio. Oscurece temprano y uno pasa más tiempo encerrado. Pero curiosamente fue ahí cuando más cercanos nos volvimos entre amigos.
Hacíamos planes simples: ir por ramen, ver partidos, estudiar juntos, caminar por Stanley Park, o simplemente quedarnos hablando horas sobre qué queríamos hacer después.
Y poco a poco empecé a notar algo: muchos estudiantes internacionales no estaban en Canadá solo por el inglés. Estaban construyendo un proyecto de vida.
Ahí fue cuando empecé a investigar colleges y opciones de educación superior. Antes del viaje eso me parecía lejísimo. Pero viviendo allá todo empezó a sentirse más posible.
Buscalingua también me ayudó muchísimo en esa etapa porque seguimos hablando incluso estando ya en Vancouver. Me orientaron sobre pathways, programas académicos y cómo organizar un plan realista para continuar estudiando en Canadá.
Eso me dio mucha tranquilidad porque sentía que estaba tomando decisiones bien pensadas y no simplemente improvisando.
Al final de esos meses entendí algo:
El viaje nunca fue solamente para aprender inglés. Fue aprender a vivir solo. Aprender a adaptarme. Aprender a relacionarme con personas de todo el mundo. Y entender que a veces uno viaja pensando que va a conocer un lugar… y termina encontrándose a sí mismo un poco en el proceso.